Colombia celebra elecciones presidenciales este domingo con la disyuntiva entre darle continuidad al primer Gobierno de izquierda de su historia moderna o cambiar el rumbo a la derecha, en una votación polarizada que tiene a la violencia armada y la situación económica como principales ejes de campaña.
Con 11 candidatos en la contienda tras el retiro de tres fórmulas, la principal duda pasa por saber quién acompañaría a segunda vuelta al senador oficialista Iván Cepeda, quien lidera desde hace meses los sondeos con su plataforma de “revolución democrática”, pero sin los votos suficientes para ganar directamente la presidencia.
La senadora Paloma Valencia, candidata del uribismo (Centro Democrático), principal fuerza de derecha en las últimas elecciones, quedó algo rezagada ante el avance del abogado ultraderechista Abelardo de la Espriella, el autodenominado “Tigre” que compite con un discurso de mano dura contra la delincuencia y la guerrilla similar al del presidente salvadoreño Nayib Bukele.
Más que polarización, Colombia presenta “un ensanchamiento del panorama político”, según analizó la politóloga Sandra Borda, docente de la Universidad de los Andes. “El proceso de paz (con la guerrilla de las FARC, firmado en 2016) le abrió mucho camino a la izquierda. En esa medida, inevitablemente también se abre a la derecha”, comentó a CNN la investigadora, que en 2022 fue candidata a senadora por el Nuevo Liberalismo.
Para la analista, el de 2026 es un escenario “más difícil para la izquierda”, ya que esta vez no pueden presentarse como una alternativa de cambio que no había tenido la oportunidad de gobernar ni de “contaminarse con el ejercicio tradicional” de la política. “Ya no pueden decir eso, no estuvieron inmunes” señaló.
La violencia y la estrategia de “paz total”
La elección también se presenta como un plebiscito sobre la gestión del presidente Gustavo Petro, quien todavía goza de considerables niveles de popularidad, pero consiguió solo una parte de las reformas prometidas. Además, la oposición critica especialmente su política de “paz total”, una ambiciosa estrategia de negociar con múltiples grupos criminales y grupos guerrilleros que conlleva ceses al fuego que no siempre cumplen con mecanismos de verificación.



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