La gesta heroica de nuestra selección de béisbol en el Campeonato Mundial de 2026 trasciende lo deportivo; es una lección de coraje que resuena profundamente en quienes, como yo, crecimos con un guante en la mano y seguimos vinculados al diamante a través del sóftbol.
Venezuela no llegó como el gigante a vencer, pero se retiró como el dueño del mundo.
El camino al título fue una verdadera carrera de obstáculos. La ausencia de los llamados "caballos" (término beisbolero que significa nuestras máximas estrellas de Grandes Ligas, frenadas por las férreas restricciones de los seguros) parecía una sentencia anticipada.
A esto se sumó el desafío de jugar en territorio ajeno, en una sede donde el béisbol no es solo un deporte, sino una religión, y donde el nivel de juego es el más exigente del planeta, contra el equipoanfitrion EE.UU. Teníamos todo en contra: el público, la logística y los pronósticos.
Sin embargo, donde otros vieron carencias, nuestros peloteros encontraron pudor, alma y gallardía.
Estos hombres, gigantes del espíritu, no se amilanaron ante la presión de un estadio hostil ni ante la etiqueta de "no favoritos". Jugaron con la convicción de quien lleva el anhelo de todo un país en su uniforme.
Cada entrada fue una demostración de resistencia; cada batazo, un alivio para una nación que nunca dejó de creer, apoyando incansablemente desde la distancia y en las tribunas.
Alcanzar la cima del podio mundial bajo estas condiciones no es un logro ordinario. Es el triunfo de la pasión desbordada sobre la adversidad técnica.
Mi respeto y orgullo hacia este equipo son absolutos; nos recordaron que, cuando se juega con el corazón y se honra la bandera, no hay gigante que no pueda ser derrotado.
Somos CAMPEONES MUNDIALES, y esa gloria es el reflejo del esfuerzo inquebrantable de nuestros guerreros deportistas.
Mi orgullo es infinito.
Carlos Jesus Ruiz
Jubilado ULA-Mérida
29 de abril de 2026

Comentarios
Publicar un comentario
MÉRIDA DIGITAL NO SE HACE RESPONSABLE DE LAS OPINIONES EMITIDAS POR LOS USUARIOS